30 de noviembre de 2025.

Ir al musical de El Rey León con cinco adolescentes es, en sí mismo, un espectáculo paralelo. Antes siquiera de entrar al teatro ya teníamos una lluvia de selfies que haría orgulloso a cualquier influencer de alto nivel.

Pero una vez que se apagan las luces… Hakuna Matata, la magia se impone. El telón se abre y la primera entrada de animales, ese desfile majestuoso que parece un amanecer hecho de telas, máscaras y percusiones nos dejó en silencio absoluto.

Cuando Rafiki canta las primeras notas de El Ciclo Sin Fin algo cambia en la atmósfera: las chicas se enderezan en sus asientos, los ojos se abren más de lo habitual y caemos de lleno en la sabana africana. La escena de los ñus desata un “¡NOOO!” colectivo que casi compite con el sonido envolvente del teatro. Y cuando Timón y Pumba aparecen, vuelven de nuevo las risas y memes instantáneos en proceso.

El golpe final llega con “Él Vive en Ti”, silencio reverencial y cuando Simba asciende la roca del rey, veo reflejado en sus caras una mezcla de sorpresa y emoción.

Y así termina la tarde, caminando entre la multitud, tarareando las canciones que habíamos escuchado, y con la certeza de que habíamos presenciado algo más que un musical. El Rey León tiene ese poder: se mete en la piel, en el oído, en las emociones… y sí, también en el carrete del móvil.

Maxibel Castaño Colino. Educadora.

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