7 de marzo de 2026. La tarde comenzó con una mesa llena de piezas de cerámica en blanco, pinceles de distintos tamaños, pequeños botes de pintura de colores vivos y mucha curiosidad.
Primero eligieron sus piezas: había tazas, pequeños cuencos, varios tipos de jarrones, etc. Cada una observó su cerámica como si fuera un lienzo en blanco lleno de posibilidades. Mientras se repartían los sitios y se explicaban las normas básicas comenzaron a surgir las primeras ideas.
Poco a poco, el silencio inicial se transformó en conversación constante. Una decidió pintar su taza con un estilo de marinero en tonos azules; otra optó por un diseño más delicado con flores y tonos pastel. Hubo quien experimentó mezclando colores para crear degradados y quien prefirió dibujar pequeños símbolos y frases.
A mitad de la actividad, la mesa ya estaba llena de manchas de pintura, servilletas usadas y piezas que empezaban a mostrar personalidad propia. Se daban ideas entre ellas y celebraban los detalles que más les gustaban. La última parte se dedicó a los retoques finales. Algunas añadieron detalles pequeños con pinceles finos, mientras otras repasaban bordes o corregían alguna zona. Cuando finalmente dejaron los pinceles, cada pieza contaba una historia distinta: ninguna era igual a otra, pero todas reflejaban la creatividad y el estilo de quien la había pintado.
Cuando terminamos la actividad, más allá de las piezas de cerámica, se llevaron una experiencia compartida: un rato de creatividad, colaboración y diversión que transformó simples objetos en recuerdos únicos.
Maxibel Castaño Colino. Educadora..

